(bso para este comentario: disco entero de corinne bayle)
Se que posiblemente nunca leerás esto, sin embargo no puedo evitar ponerme a escribir, justo ahora. Han pasado poco menos de dos años desde que lo dejamos, y poco menos de dos años es el tiempo que estuvimos juntos. Yo era un chaval inocente, con poca iniciativa y seguramente también con pocas luces, subido quizás encima de aquella nube que dicen aparece cuando te enamoras perdidamente de alguien. Pero ambos sabemos que era un gran tipo, siempre atento a lo que pudieras necesitar para proporcionártelo, siempre dispuesto a escaquearme de una clase importante y recorrerme la ciudad para verte antes de que te alejaras de, en aquel momento nuestra ciudad dormida. Ganándome el reproche de mis padres por marcharme demasiadas veces a la ciudad en la que estudias, para verte. Se me puede culpar por falta de iniciativa, pero ese fue mi único error.
Forzaste una ruptura, picando reiteradamente con cosas que sabías me producían la mayor de las decepciones, conversaciones con gente que no te traía ningún bien y que ningún bien podía hacernos. Gente mayor, con más ideas, más anchos de miras, más atractivos al fin y al cabo, ¿verdad? En todo este tiempo he aprendido a madurar poco a poco, tan lentamente como cobra vigor un vino, fermentándose con parsimonia en su barrica. Mi corazón es ahora poco más que un sistema de bombeo de sangre, hecho un callo por pasarlo tan mal y no poder hacer nada por evitarlo.
Nuestra despedida no fue la mejor, tu me defraudaste por última vez y yo te dije que no me interesaba en absoluto ser tu amigo, pues yo seguía en el fondo enamorado de tí y me haría daño verte por ahí con otra persona, no quería descolgar todos los días el teléfono y encontrarte al otro lado contándome tus peripecias con otras personas, con las que yo me tuve que relacionar para verte sonreir más a menudo. Te dije que no me llamaras a no ser que me echaras de menos, o que me necesitaras de verdad. Tu insistias una y otra vez en que sin mí no podías vivir, que era parte de ti y una parte muy importante de tu vida, que tu me seguirías llamando. Pero no lo hiciste, el día dos de octubre recibí tu último mensaje, decía algo parecido a esto: siento no haber podido felicitarte por tu cumpleaños ayer, no tuve tiempo para mandarte un mensaje. Felicidades.
Cuando leí esto borré tu número de teléfono de mi móvil, fue un fallo demasiado grande como para encajarlo sin más, era tan necesario para ti que en veinte días no había sabido nada de ti ni habías tenido tiempo para mandarme una palabra en un sms.
Han pasado poco menos de dos años sin que te viera ni siquiera de pasada, y ahora, en una semana me he cruzado contigo tres veces, y en las tres has reaccionado del mismo modo. Dándome la espalda, duele, para que negarlo, pero sonrío, pues no soy yo el que se avergüenza. Esta mañana te he visto fumando, tuve muchas discusiones contigo para que no empezaras a hacerlo y conseguí mi cometido, supongo que a tus actuales compañías no les importa tanto tu salud. Te he visto rodeada de tres personas de dudosa apariencia, igual que ayer, cuando estabas con tu actual pareja. Arde el desdén en mi pecho al verle, con su aspecto desaliñado y sucio, su pelo lacio y largo, su barba… la típica persona que si no fuera por su tamaño irrisorio conseguiría que la gente se cambiara de acerca al verlo pasar.
Ayer lo tuve enfrente, nos miramos cara a cara, yo no estaba seguro de que fuera él, ni tampoco de que él me reconociera, han cambiado muchas cosas en estos casi dos años. Al verle me diste lástima, y él… asco. Meses enteros estuvo envenenando nuestra relación, hablándote de sus múltiples ideas, de sus canciones, de sus viajes, de que yo era muy joven e inmaduro para ti, débil, quizás, sin iniciativa.
Casi dos años después le he tenido a menos de dos palmos de mí, y poco menos de dos palmos de altura nos distinguen, le he mirado a los ojos y he sonreído. El chico sin iniciativa, el débil e inmaduro se ha hecho un hombre. No voy a mentir, la idea de darle un gancho y lanzarlo contra las vías del tren que se encontraban cinco metros bajo nosotros se me pasó por la cabeza. Por hijo de puta. Pero no, simplemente poniéndome en frente de él ya se lo dije todo. Ahí estás tú, mírate. Enhorabuena si puedes controlar las arcadas, no solo por tu físico si no por tu conciencia sucia, infecta por tus malas mañas, por haber hecho daño a todos cuantos en un momento tuviste cerca, por haber maltratado y vejado a gente que no te deseaba ningún mal. Maldita sea tu sangre, imbécil. Enfrente suya estaba el joven de antaño, mirándole fijamente, esperando para comprar un billete y marcharse con una persona fascinante, que vive en un lugar maravilloso a muchos kilómetros de allí, y con la que seguramente pase mis próximos años. Más alto, más fuerte, más maduro, inteligente y por desgracia menos bueno, aquel chaval inocente y dulce ya no puede volver. Como escribí hace algún tiempo: tengo ojos de viejo, y una vida en el tintero.
Mi querida “conocida de vista”, le he mandado un mensaje a tu hermana, y le he dicho que puedes saludarme si quieres, que yo lo haría gustoso si no dejaras de darme la espalda, incluso le he preguntado si es que ahora tienes dos nucas. Ha pasado demasiado tiempo, ha pasado incluso el tiempo de la idealización que nos llega cuando se empiezan a olvidar las cosas malas y solo queda lo bueno, sin embargo grabaste algunos detalles muy rastreros a fuego en mi memoria, debo darte las gracias, eso me hizo no recaer y llamarte a casa, me abofeteaba con ellos cada vez que dudaba.
Se que nunca más vamos a ser amigos, pero al menos me gustaría que pudiéramos saludarnos y mintieras al decirme que simplemente “tu no me has visto nunca” incluso puede que sonría y haga como que me lo creo. Me despido ya, con par de versos del maravilloso Diego el Cigala en su canción Lágrimas Negras “En vez, de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo, en mis sueños te colmo, de bendiciones”.
Que te vaya bonito.